Dios no está en absoluto muerto, o si lo estaba, ahora se encuentra en la plenitud de su renacimiento, tanto en Occidente como en Oriente. De aquí la urgencia, según Onfray, de un nuevo ateísmo, argumentado, sólido y militante. De un ateísmo que no se defina sólo en negativo, sino que se presente como una postura nueva y positiva respecto a la vida, la historia y el mundo.